Mi madre es una miserable.
Mi madre yace sobre unos cartones, en una acera de la Gran Vía. Exhausta y humillada, está más que harta de ser consciente de haber muerto sin morir. Resignada a la incomodidad, al vilo… a cohabitar con la sorna de los altivos. Conoce bien el mareo de no comer, y el dolor de las miradas y las no miradas de los viandantes. Mas hela ahí: gorda y sucia; el hedor entremezclado –sudor de pliegues– del sol de media tarde permanece intenso, empapado en los mugrientos harapos deshilachados que mal cubren su panza y sus tetas caídas.
Con estas estremecedoras palabras empieza un texto que me ha llegado al alma. Podéis leerlo por completo en libreXpresion.org.